sábado, 24 de diciembre de 2011

Sendas de tristura y soledad.


Harto de cantos de sirena
de correr tras ninfas
que se escapan como
entre los dedos la arena.

Hay muchas mujeres, únicas,
su luz reside en su sonrisa.
Sonrisas de alegría desbordante,
sonrisas como fuegos artificiales.
Otras sonrisas coquetas,
sensuales, tímidas y sinceras,
como si te despertaras de noche,
te asomaras al balcón
y vieras amanecer.

Todo tan confuso.

De niño, me sentía con una mujer como
si me faltara el manual de instrucciones,
luego descubrí que cada mujer
es un mundo por descubrir,
un mundo misterioso,
besarla tiene algo similar con
clavar la bandera en la luna:
un pequeño paso para el hombre,
un gran paso para un corazón maltrecho.

¿Qué quiere mi corazón,
qué quiero yo?

Quiero posar mis labios en los tuyos
como se posa el rocío en una rosa roja
mientras el sol aún se despereza.

Pero es otoño,
caen las hojas como ilusiones,
y hay un fuego oculto en la maleza,
no uno, sino miles,
una constelación invisible.

Mientras vuelvo a mi cama,
surcando el río de mis lágrimas,
al otro lado del mundo,
borracha y harta
del País de las Maravillas,
Alicia vuelve a casa
siguiendo el camino
de las farolas encendidas.

Juntos y solitarios,
nos descubriremos desnudos
en la ficción de la distancia
que separa tu soledad y la mía.

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