domingo, 13 de noviembre de 2011

"El gobierno de las palabras" Juan Carlos Monedero

Este humilde blog, Letras en Lucha, se creó con la idea de plasmar todos mis desvaríos literarios y convertir las letras en una lucha ideológica en un soplo libre de aire fresco.

"En una época de universal engaño, decir la verdad constituye un acto revolucionario"
George Orwell

Por suerte, en esta época de engaño, tenemos un gran luchador de las palabras en Juan Carlos Monedero, que explica aquí su visión del lenguaje:



domingo, 30 de octubre de 2011

Utopía degenerada.

Mi imaginación está desbordando los diques de la costumbre y la dignidad. Mi corazón corre en pelotas por las calles, anuncia un nuevo día: tiros al aire, cuerpos al suelo, se oyen gritos, pero de placer. Una monja se desnuda y se baña en la fuente, mientras los feligreses le hacen fotos. Un político se retira, vuelve a su profesión anterior: el circo. Un empresario se tira de los pelos: no recuerda bajo que baldosa escondió el dinero negro y la farlopa.

Mientras, tiros en el aire, buenas nuevas. No hay fronteras: una orgía ha sustituido a los lados de las camas. El Mesías llega un poco desorientado y por unos cuantos panes y peces, unas Marías Magdalenas se arrodillan, pero no para rezar. El alcohol es bien de interés cultural, y se apedrea a las clínicas de vinoterapia, por mal uso del patrimonio. El llanto ya no es triste, es un exceso de drogas, y la risa es un estado habitual, verde y habitual. La ley de paridad exige un 50% de alcóholicos y drogadictos en las listas electorales (ahora solo llegan al 25%). Por ley, una mujer no puede salir a la calle con velo y sobria, o con boina y sobria, o con...y sobria. A los hombres se les exige un nivel de alcohol en sangre para poder votar.

Hay tiros en el aire, cuerpos en el suelo, las armas son del pueblo, el sexo es del pueblo, y los militares aguardan temerosos en casa, sin saber cómo desabrochar las enaguas de su señora. ¡Escuchad hermanos y hermanas, el mundo del desenfreno, donde el deseo es ley y el orgasmo obligación! Bienvenidos a la tierra de los desterrados por la moral. A la guarida de homosexuales, transexuales, sadomasoquistas, exhibicionistas, voyeurs, alcóholicos y pervertidos en general. El sexo no os hará libres, pero pasaréis un buen rato. Recemos juntos por el colocón de la noche, la erección de madrugada y el polvo del levantarse:

Padre nuestro que estás en los vasos,
santificadas sean tus drogas,
venga a nosotros el sexo,
no nos dejes caer en el aburrimiento,
háganse tus perversiones con hombres y mujeres de distinta orientación sexual.
Danos hoy nuestra fiesta de cada día,
perdona nuestros prejuicios y mojigatería,
así como nosotros perdonamos nuestras resacas.
No nos dejes caer en el heteropatriarcado
y líbranos de la abstinencia (sexual o alcóholica).
Amén.

Piernas y rosas rojas. Devaneos de mi mente.


Escribo solo mientras el trabajo sin hacer reposa en el escritorio, su silencioso reproche me recrimina mi pereza. Mañana será otro día, hoy no puedo pensar, me aturde la necesidad de una calada de tabaco y amor. Adicción de ese beso que no llegó y esa colilla que se consumió en el suelo, como una noche madrileña en la que la contaminación no deja ver las estrellas.

Toso, y pienso en cuántos años quedarán hasta que el vicio me mate, bendita juventud, toda muerte nos parece lejana, así pues, ¿dónde dejé las drogas? Las necesito para no ahogarme en esta realidad, que es como el abrazo de una gorda cadáver: asfixiante y pestilente. No te asustes, estos desvaríos son normales cuando la razón me abandona y me quedo cara a cara con los charcos donde ahogué mis sentimientos.

¿Qué quieres, amor? ¿Belleza? Si la tuviera, ya te habría conquistado. ¿Inteligencia? Si la tuviera ya serías mía. ¿Carisma? Estaríamos gimiendo, no hablando. ¿Qué puedo darte, si no tengo nada más que mis ideales? La pluma y el pergamino jamás les sirvieron de algo a los escritores sin suerte, como mucho para morir de tuberculosis, pero yo moriré de otras cosas, de los humos del tabaco que me ocultan tus ojos, azules, verdes, marrones, ojos. Fumo porque si los veo no puedo respirar, y si no respiro: muero. Así que me sale a cuenta.

¿Dónde estábamos? Ah, sí, mis ideales. Acércate y te los cuento al oído, vuela conmigo a mundos mejores, con cerveza y sin dinero, con castillos de brisa de mar, camas de terciopelo y amapolas que crezcan en altares en vez de en las cunetas. Y trece rosas rojas en mi puerta. Y sexo y desenfreno, que nadie dijo que la revolución fuera triste.

Ven, disfruta del fusil de mis versos, escuchemos canciones tristes sobre la arena que oculta un adoquín, te morderé los pezones y tú te dormirás en mi regazo. El tiempo pasará de largo, las horas son para quienes ganan dinero con ellas. Nuestros besos están fuera del tiempo, del espacio, en un lugar donde nada importa y todo somos tú y yo, el universo de repente sigue la teoría de abrazos, el teorema de la penetración y la potencia del orgasmo.

Somos volutas de humo en la noche, nos contorneamos en nuestra efímera existencia mientras el frío amenaza con disolvernos en la nada de un oscuro bar. Nos fumamos el uno al otro, adictos a la nicotina de nuestros cuerpos, ahítos de alcohol y besos buscamos placeres más fuertes, la noche nos ofrece refugio, siempre hay sitio para dos amantes descarriados.

lunes, 5 de septiembre de 2011

El amor contra la muerte

CORAZÓN CORAZA (Benedetti)

Porque te tengo y no

porque te pienso

porque la noche está de ojos abiertos

porque la noche pasa y digo amor

porque has venido a recoger tu imagen

y eres mejor que todas tus imágenes

porque eres linda desde el pie hasta el alma

porque eres buena desde el alma a mí

porque te escondes dulce en el orgullo

pequeña y dulce

corazón coraza

porque eres mía

porque no eres mía

porque te miro y muero

y peor que muero

si no te miro amor

si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera

pero existes mejor donde te quiero

porque tu boca es sangre

y tienes frío

tengo que amarte amor

tengo que amarte

aunque esta herida duela como dos

aunque te busque y no te encuentre

y aunque

la noche pase y yo te tenga

y no.

Midnight in Paris (Allen)

- Tenía miedo?

- De qué?

- De que le mataran.

- No escribirá bien si tiene miedo a morir, ¿lo tiene?

- Sí, lo tengo. Yo diría que es quizá mi mayor miedo realmente.

- Es algo que le ha pasado a todos los hombres y a todos les pasará.

- Lo sé.

- Ha hecho el amor con una auténtica gran mujer?

- La verdad es que mi novia es bastante sexy.

- Y cuando hace el amor con ella siente una pasión bonita y veráz y, al menos en ese momento, pierde el miedo a la muerte?

- No, no suele ocurrirme

- Creo que el amor que es veráz y real crea una tregua con la muerte. La cobardía viene de no amar o no amar bien, que es lo mismo. Cuando el hombre que es valiente y veráz mira cara a cara a la muerte, como aman con suficiente pasion, apartan a la muerte de su mente. Hasta que vuelve, como hace con todos los hombres, y es hora de volver a hacer el amor de verdad.

Piénselo bien.

Reflexiones

La felicidad es la máxima aspiración del hombre, algo efímero que quisiéramos que durara para siempre. El deseo se agota en sí mismo, se satisface y renace de nuevo, insatisfecho, como el ave Fénix de sus cenizas. Desear es estar atrapados en la condena de Sísifo. Por eso, una felicidad plena, de verdad, agotaría en sí misma todo deseo y toda aspiración, contentado en la magnificencia de la existencia feliz. Esa felicidad no existe. La caricia, triste e irónicamente, no siente la unión de dos cuerpos que se aman sino la repulsión de sus cuerpos. Del mismo modo, paradójicamente, la única vez que en vida se atisba una parte de nuestro esqueleto, símbolo del residuo que seremos al morir, es la sonrisa que muestra nuestra dentadura. La calavera sonríe, nosotros sonreímos, nunca sabremos si es la muerte la que se ríe de nosotros, o somos nosotros los que nos reímos de ella más allá del fin de nuestra existencia, alcanzando una victoria simbólica final sobre ella, puesto que "el que ríe el último ríe mejor". Sonreímos, amamos, follamos, y nuestra chispa de vida y alegría es un desafío a la muerte. El sexo, porque como con sentido del humor dijo Woody Allen: "El sexo es una experiencia vacía, pero como experiencia vacía es de las mejores". Y el amor, porque cuando dura es la única meta humana que alcanza esa renovación de la pasión, la felicidad y el deseo. Es el maná inagotable de la vida.

Pero cuidado, el amor no correspondido será el efecto opuesto, una renovación de dolor y frustración, impedida nuestra posibilidad de unirnos a la "otra mitad" del mito de Aristófanes, que nos reconcilie en un solo ser, más perfecto. El amor es el fuego, si te acercas demasiado puedes quemarte, pero si te alejas morirás por el frío helado de la noche. ¡Por algo, Amor, eres hijo de lo humano (Penía, "pobreza") y lo divino (Poros, "abundancia"), capaz de sacar lo mejor y lo peor de los hombres y mujeres!


martes, 9 de agosto de 2011

Fragmentos de "La muerte en Venecia" de Thomas Mann


Eran un hombre de edad y un joven;
uno feo y el otro hermoso; la sabiduría en
contraste con la amabilidad. Y, entre gracias y
agudezas que animaban el coloquio, Sócrates
adoctrinaba a Fedón sobre el deseo y la virtud.
Le hablaba del espanto que experimentaba el
hombre sensible cuando sus ojos contemplaban
un reflejo de la belleza eterna; de las concupiscencias
del profano y el malvado, que no pueden
pensar en la belleza al ver su imagen, y que
no son capaces de sentir respeto por ella; hablaba
del sagrado temor que acomete al alma
noble cuando se le aparece un rostro semejante
al de los dioses, es decir, un cuerpo perfecto.
Le explicaba cómo todo su ser se estremece
de aquella alma, se enajena y apenas se atreve
a mirar; cómo se siente poseído de veneración
ante aquel que ostenta el sello divino de la belleza;
aquella alma le haría sacrificios, como a
una deidad, si no temiese aparecer como insensata
a los ojos de los hombres. «Pues sólo la
belleza, Fedón mío, sólo ella es amable y adorable
al propio tiempo. Ella es, ¡óyelo bien!,
la única forma de lo espiritual que recibimos
con nuestro cuerpo, y que nuestros sentidos
pueden soportar. Pues ¿qué sería de nosotros
si se nos apareciese lo divino en otra de sus
manifestaciones, si la razón, la virtud y la verdad
se nos presentasen en formas, sensibles?
¿No arderíamos y nos disolveríamos en amor
como otra época ante Zeus? La belleza es, pues,
el camino del hombre sensible al espíritu, sólo
el camino, sólo el medio, Fedón...» Después el
taimado seductor dijo lo más agudo: el amante
era más divino que el amado, porque en
aquél alienta el dios, que no en el otro; este
pensamiento es quizás el más delicado y el más
irónico que se haya producido, y de su fondo
brota toda la picardía y la secreta concupiscencia
del deseo.
La dicha del escritor es su posibilidad de
transformar la idea enteramente en sentimiento;
el sentimiento, totalmente en idea. En aquel
momento se había adueñado del solitario una
de estas vibrantes ideas, uno de estos sentimientos
precisos: el sentimiento de que la naturaleza
se estremecía de goce cuando el espíritu
se inclinaba en homenaje y reverencia ante la
belleza. Súbitamente sintió el deseo imperioso
de escribir. Cierto es que, como suele decirse,
Eros ama el ocio, y que sólo para el ocio ha nacido.
Pero en ese momento de la crisis, su excitación
le impulsaba a tranquilizar por medio
de la palabra el torbellino de sus pensamientos.

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Aquella sonrisa fue recibida como un obsequio
fatal. Aschenbach se conmovió tan profundamente,
que se vio obligado a huir de la luz de
la terraza, del jardín, y buscar apresuradamente
el refugio de la oscuridad de la parte posterior
del parque. Allí fue donde se le escaparon
amonestaciones, singularmente indignadas y
tiernas al mismo tiempo: « ¡No debes sonreír
así! ¡No se debe sonreír así a nadie! » Se arrojó
en un banco, y fuera de sí, aspiró el aroma
nocturno de las plantas. Después, apoyándose en
el respaldo, los brazos indolentemente caídos, abrumado
y sacudido varias veces por escalofríos, musitó la fórmula
fija del deseo, imposible en este caso, absurda, abyecta,
ridícula y, no obstante, sagrada, también venerada: "Te amo".

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Porque la belleza, Fedón, nótalo bien, sólo
la belleza es al mismo tiempo divina y perceptible.
Por eso es el camino de lo sensible, el camino
que lleva al artista hacia el espíritu. Pero
¿crees tú, amado mío, que podrá alcanzar alguna
vez sabiduría y verdadera dignidad humana
aquel para quien el camino que lleva al espíritu
pasa por los sentidos? ¿O crees más bien
(abandono la decisión a tu criterio) que éste es
un camino peligroso, un camino de pecado y
extravío? Porque has de saber que nosotros, los
poetas, no podemos andar el camino de la
belleza sin que Eros nos acompañe y nos sirva
de guía; y que si podemos ser héroes y
disciplinados guerreros a nuestro modo, nos
parecemos, sin embargo, a las mujeres, pues
nuestro ensalzamiento es la pasión, y nuestras
ansias han de ser de amor. Tal es nuestra gloria
y tal es nuestra vergüenza. ¿Comprendes ahora
cómo nosotros, los poetas, no podemos ser ni
sabios ni dignos? ¿Comprendes que
necesariamente hemos de extraviarnos, que
hemos de ser necesariamente concupiscentes y
aventureros de los sentidos? La maestría de
nuestro estilo es falsa, fingida e insensata;
nuestra gloria y estimación, pura farsa;
altamente ridícula, la confianza que el ^pueblo
nos otorga. Empresa desatinada y condenable es
querer educar por el arte al pueblo y a la
juventud. ¿Pues cómo habría de servir para
educar a alguien aquel en quien alienta de un
modo innato una tendencia natural e
incorregible hacia el abismo? Cierto es que quisiéramos
negarlo y adquirir una actitud de dignidad;
pero, como quiera que procedamos, ese
abismo nos atrae. Así, por ejemplo, renegamos
del conocimiento libertador, pues el conocimiento,
Fedón, carece de severidad y disciplina;
es sabio, comprensivo, perdona, no tiene
forma ni decoro posibles, simpatiza con el abismo;
es ya el mismo abismo. Lo rechazamos,
pues, con decisión, y en adelante nuestros esfuerzos
se dirigen tan sólo a la belleza; es decir,
a la sencillez, a la grandeza y a la nueva disciplina,
a la nueva inocencia y a la forma; pero
inocencia y forma, Fedón, conduce a la embriaguez
y al deseo, dirigen quizás al espíritu noble
hacia el espantoso delito del sentimiento que
condena como infame su propia severidad estética;
lo llevan al abismo, ellos también, lo llevan al abismo.
Y nosotros, los poetas, caemos
al abismo porque no podemos emprender el
vuelo hacia arriba rectamente, sólo podemos
extraviarnos. Ahora me voy, Fedón; quédate tú
aquí, y sólo cuando ya hayas dejado de verme,
vete también tú

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Nota: Los fragmentos están copiados de una traducción bastante mala, el ejemplar en el que lo leí es mucho más bello (el de la Colección Premios Nobel del diario "Público"). Los dos fragmentos donde Sócrates y "Fedón" dialogan sobre el amor son, probablemente (no lo he comprobado porque no los he leído), fragmentos del diálogo "Fedro" (que no Fedón, como traducen mal) de Platón.